04 noviembre 2006

VEEI 2 - Los nueve círculos: Hedor

Hedor

Me encantaría comenzar la continuación de mi relato hablándoos de algo hermoso, de algo que con solo imaginarlo haga que se llene de alegría vuestro corazón; como un maravilloso amanecer, el rostro de un niño al sonreír o cualquier otra cosa. Pero seamos realistas, donde yo estaba la belleza brillaba por su ausencia, así que empezaré de la única manera que se me ocurre, hablándoos del nauseabundo olor que se introducía por mis fosas nasales. Si en vida conociese algo que produjese tal hedor me sería mucho más fácil describíroslo, pero no lo hay. Aún así lo intentaré. Imaginad una extensión enorme de pútrida agua. Añadamos a la sopa el olor de la sangre, el pescado podrido al sol y por que no, el de los excrementos del animal más apestoso y maloliente que podáis imaginar. Si habéis podido, tenéis una mera idea del delicado aroma en el que me desenvolvía mientras navega en dirección a lo que esperaba fuese la repentina culminación de mi viaje por El Infierno.

Hacía apenas unas horas que habíamos partido, dejando atrás a Gabriel, Alighieri y el resto de habitantes de Los Lamentos, y yo no me encontraba con ganas de pensar en nada, y estaba claro que no podría deleitarme con el paisaje o el olor que reinaba sobre el Aqueronte. Hubiera preferido estar en cualquier otro lugar antes que en ese maldito río de sangre y muerte, y cuando digo cualquier lugar me refiero hasta el lugar más inhóspito que podáis imaginar. Dejé volar mi imaginación y me deleité por unos instantes en el placer que sentiría si pudiera al menos vomitar para deshacerme de aquella peste que tan pegajosamente se adhería a mí garganta.

-¡Tuerto! ¡Eh, despierta! –Por lo visto ni en mi imaginación podría alejarme de aquella barca-. Después de una eternidad creo que soy capaz de distinguir a un condenado de uno que no lo es, ¿me estás escuchando?

La cabeza me daba vueltas a causa del hedor, me llevé la mano a la cara y palpé el parche que ocultaba la cuenca vacía de mí ojo izquierdo. Abrí con lentitud el otro ojo y vi aquel cielo oxidado que tanto odiaba. La pequeña Colette estaba echada sobre mí, acurrucada en un pequeño ovillo como si fuera un gato abandonado. Cerré el ojo, ignorando la voz que me había sacado de mi pequeño momento de distracción, e intenté recordar la última vez que había vomitado antes de llegar al Infierno.

-¿Te has quedado también sordo muchacho? –insistió Caronte.

-Estoy despierto viejo –respondí mientras desistía por evadirme del apestoso perfume del lugar para mirar como remaba el viejo barquero-. Y no me llames tuerto.

-Esta bien, cíclope.

Creo que prefería lo de tuerto, pues sabía que el no mencionaba al famoso héroe del comic, sino al legendario monstruo de un solo ojo.

-EbOLA, mi nombre es EbOLA –le respondí con sequedad-. ¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme?

-Tú no eres un condenado. Llevo rato mirándote y estoy seguro de que no lo eres.

-Tengo una cita con tu jefe, hice un pacto con el para escribir sus memorias, por así decirlo.

-¿Tú eres EbOLA, ese EbOLA? ¿Por qué no me lo dijiste antes? Te esperaba ayer. Tenías que haberte presentado correctamente al visitarme muchacho. Ahora llevamos un día de retraso, y créeme, a él no le gusta esperar.

No podía creerme lo que estaba oyendo.

-¿Está de broma verdad? Ayer cuando fui a su maldito embarcadero le pedí que mirase si tenía una lista VIP o cualquier cosa similar –estaba realmente cabreado-, y a usted solo se le ocurrió aplastarme la cabeza con ese martillo que lleva, y ahora me dice que porqué no me presenté correctamente. ¡Esto es de locos!

-Muchacho, no se que es un VIP, y te aseguro que no tengo ninguna lista de esas, y que yo recuerde no mencionaste tu nombre en ningún momento, y tampoco llevabas contigo el óbolo carmesí de invitados.

-Un óbolo carmesí, claro, como pude pasar eso por alto. ¡Joder! ¿Ha visto en el estado que estoy? Me falta el puto ojo, tengo la mitad de los huesos destrozados y no puedo caminar. ¿Sabe por todo lo que he tenido que pasar para poder llegar a esta barca de mierda? Y a usted solo se le ocurre decir que porqué no le he enseñado un óbolo carmesí.

Colette dio un respingo sobre mí. Pese a la acalorada conversación aún seguía dormida.

-No se por lo que has tenido que pasar muchacho, pero deberías haberte presentado como es debido.

-No importa –le interrumpí mientras acariciaba la pequeña cabecita de la niña. Si me hubiera presentado como era debido cuando llegué ante Caronte, jamás hubiera ido a la ciudad de Los Lamentos ni hubiera ayudado a Colette a salir de ella. Dicen que las cosas siempre ocurren por algún motivo, y quizás fuera cierto-. Todo está bien así. ¿Cuándo llegaremos al otro lado del río?

-El viaje dura tres días –respondió Caronte-. Llegaremos pasado mañana, al anochecer.

Era increíble pensar que aquel anciano endeble era el encargado de llevar las almas al otro lado del Aqueronte. Era tan surrealista como el resto de cosas que había visto hasta ahora en El Infierno. Por suerte aún con el cuerpo dolorido podía sentir la calidez de la pequeña niña, que a petición del ángel Gabriel había prometido cuidarme. ¿Cómo iba a protegerme algo tan pequeño? Es cierto que tenía más de treinta años, pero mirando su pequeño cuerpo de niña de apenas seis años, se la veía tan indefensa. Sus ojos de distinto color se empezaron a abrir y me miraron con inocencia.

-Buenos días princesa –intenté decirle. Y digo intenté, porque antes de acabar la frase golpeó con la palma de la mano mi barbilla haciéndome morder la lengua-. ¡Auhhh!

Colette se había alejado hasta el otro extremo del bote, me miraba asustada y con la respiración entrecortada. Intenté hablar para tranquilizarla, pero tenía la boca llena de sangre y la lengua demasiado hinchada, así que en vez de palabras lo que se escuchó fue un gorgojeo sin sentido. Ella parecía desorientada agarrada al borde de la barca y alejándose de mi voz mientras miraba en todas direcciones.

-¡Venga, salta y haznos a todos un favor mocosa!

-¿Calavera? –preguntó Colette.

-¡No, soy Cadena! Y he venido a vengarme…¡Uhhhhhh!

No podía hablar, pero si que podía golpear a Calavera para que dejase de asustar a Colette.

-Tranquila –intervino Caronte-. Es solo Calavera jugando contigo. Tu otro amigo no puede hablar con claridad. Creo que le has golpeado con demasiada fuerza en la boca.

Tras escuchar sus palabras Colette se relajó, tanteó el suelo y vino en mi dirección.

-¿Estás bien? –me preguntó-. Siento haberte golpeado, es algo instintivo. Además todo estaba tan oscuro que me asusté.

Escupí a un lado una buena cantidad de sangre.

-Tranquila, ya casi puedo hablar bien. No ha sido nada. Tendremos que buscar una forma menos peligrosa de despertarte –Colette sonrió y se sentó a mi lado.- Eso está mejor. ¿Qué tal te encuentras?

Se tocó el pecho y agachó la mirada.

-Duele un poco –durante unos segundos se mantuvo en esa posición. Luego levantó su hermosa cara y sonrió nuevamente-. Pero estoy bien, no te preocupes.

Sabía que fingía. En su interior llevaba a dos errantes, unas bestias infernales que portamos todos en nuestro interior esperando que la muerte nos llegue por segunda vez aquí en El Infierno, siendo uno el que tendría que portar yo. Esa carga sería enorme para cualquier persona, mucho más para una niña pequeña. Por suerte sólo se había quedado ciega al salvarme la vida haciéndose cargo de mi errante justo antes de que este acabase conmigo. ¡Suerte!, ¿cómo podía pensar algo así? Aquella niña sufría por mi culpa, le debía la vida, tendría que buscar una solución cuanto antes.

-¿No hay forma de llegar antes a la costa? –pregunté a Caronte.

-No.

-¿Estás seguro? –insistí.

-Sí.

-Pero ha de haber algún modo de llegar antes, un atajo o quizás…

-Escúchame muchacho. Quizás tener un solo ojo no te dé una visión global de tu situación, así que te orientaré un poco explicándote como funciona esto. La gente sube a mi barca, yo remo, y tres días después se bajan al otro lado del río. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo por la eternidad de los tiempos.

-Pensé que siendo un invitado de tu jefe, no se, tendría un trato algo distinto.

-Ese ha sido tu problema.

-¿A qué te refieres?

-Pensaste.

Vaya con el barquero. ¿Quién se creía que era? Supongo que Caronte, el barquero de los infiernos encargado de llevar a las almas en pena a través del río Aqueronte. Maldita sea, odiaba sentirme tan impotente.

-Viejo, deberías tener un poco de consideración con el chico –dijo Calavera en mi defensa-. Piensa que solo es un pobre paleto que no sabe nada de nada, y de El Infierno aún sabe menos.

Genial, ¿se podía saber quien estaba de mi parte? De improviso la barca se levantó por estribor o por babor, que importa eso, dándonos una sacudida a todos los que íbamos en ella.

-¿Qué ha sido eso? –preguntó Colette alarmada.

-Un alma que intentaba subir a la barca, o quizás un pez diablo –respondió Caronte desde su posición, sin dejar de remar y tan tranquilo que parecía que nada había ocurrido.

-¿Cómo puedes decir eso y estar tan tranquilo? ¿Y si sube un alma, y qué es eso de un pez diablo? –grité.

-Ningún alma puede subir a esta barca, y los peces diablo no deberían preocuparte, a no ser que te de por zambullirte en el Aqueronte. En ese caso, si que deberías estarlo –Caronte estalló en una carcajada, y para mi asombro Calavera rió con él en lo que parecía una broma privada.

El resto del día pasó sin apenas ocurrir nada más. Tras el incidente con el pez diablo, o el alma, no volví a hablar con Caronte, pero en cambio Calavera y él parecían mantener una interesante conversación sobre métodos de suicidio. Calavera relataba una y otra vez como había conseguido separar su cabeza del resto del cuerpo, mientras que Caronte le contaba los métodos que habían usado los millones de suicidas que ya había cruzado al otro lado. Se reían y opinaban como si hablasen de la última película de humor vista en el cine. Colette parecía muy seria sentada a mi lado y con la mirada baja, así que intenté animarla. Ella sentía especial interés por mi mundo, el de los vivos, del cual ella no podía recordar nada, y por lo que hacía en él. Lo que a cualquiera le parecería una vida normal y sin emociones a ella le maravillaba, y no se cansaba de pedirme más y más historias. Al llegar la noche se recostó sobre mí y me pidió que le hablase otra vez del lugar en el que había nacido, y así lo hice.

-Parece un lugar precioso –dijo Colette tras escuchar la historia.

-Así es. Cuando esto acabe te llevaré y podrás comprobarlo por ti misma.

Tendría que haber pensado antes de hablar. Ella iba de camino a su castigo eterno por asesinar a sus padres, jamás saldría del Infierno. La conversación se acabó ahí, con su carita pegada a mi pecho y su cuerpo encogido y tembloroso por el frío de la noche. Pensando en mi torpeza yo también fui cayendo en un profundo sueño. Recuerdo haber escuchado a Calavera hablar con Caronte antes de dormirme, pero soy incapaz de decir de lo que hablaban.

La noche pasó sin apenas darme cuenta y no fue hasta la mañana siguiente cuando me desperté a causa de una sacudida que hizo que me golpease la cabeza contra la barca. Una segunda sacudida llegó antes incluso de que me diese tiempo a quejarme del golpe.

-¿Qué está sucediendo, más peces diablo? –pregunté a Caronte mientras me desperezaba agarrándome al cabeza para no golpeármela más veces.

-No –el barquero parecía muy serio y entregado a su labor-. Nos acercamos a las brumas.

-¿A las brumas? –asomé la cabeza para ver a que se refería Caronte. A no mucha distancia se veía una espesa bruma-. No pensarás pasar por ahí, ¿verdad?

-Es justo lo que voy a hacer muchacho.

Colette dormía a mi lado. Con suaves movimientos la desperté. Cuando abrió por completo los ojos me lanzó un rodillazo a la altura del hígado, muy profesional el golpe todo sea dicho. Ella se disculpó, pero le quité importancia diciéndole que ya estaba preparado para algo así, aunque la verdad es que me dolió horrores. Aún no comprendo de donde sacaba tanta fuerza un cuerpo tan pequeño, y lo que era más inquietante, cómo conseguía siempre cuadrar los golpes en puntos que causasen tanto dolor. Para evitar que se preocupase innecesariamente, mientras me frotaba la tripa recité la canción infantil del “sana, sana, culito de rana”, cosa que a ella le hizo muchísima gracia.

-¿Cuánto tardaremos en cruzar las brumas viejo? –pregunté.

-Al anochecer estaremos del otro lado –su arrugada cara estaba más seria que de lo normal.

-Entonces, ¿cuál es el problema? –Caronte no respondía, y eso no me tranquilizaba- ¿Qué hay en esa bruma viejo?

-Esa bruma marca la mitad de nuestro viaje, y es la encargada de separar El Infierno en dos. Si lo que dejamos atrás te parecía terrible, prepárate para lo que viene a continuación muchachito –seguía sin saber lo que nos encontraríamos en esa bruma-. Espero que no lleves muchos pecados contigo, porque allí te enfrentarás a tú conciencia.

-Mi conciencia está muy tranquila viejo.

-Puede que no seas un condenado, pero, ¿de verdad crees que tienes tan limpia la conciencia? –me miraba como esperando a que comenzase a gritar o suplicar por mi vida, y no le daría ese placer por algo tan estúpido-. ¿Y ellos?, ¿crees que la pequeña y la calavera pueden estar tan tranquilos como tú?

Miré a Colette, estaba petrificada a mi lado y Calavera comenzó a rechinar los dientes de manera incómoda. No sabía lo que les ocurría, pero parecía afectarles más de lo que me podía imaginar.

1 Comentarios:

Yati dijo...

Bueno primito toy esperando el siguiente capitulo, pero hazlos igual de largos pk como empiecen a aumentar no voy a poder leerlos por culpa del gatito.

;)