Cuanto más nos acercábamos a aquellas extrañas brumas más se movía la barca de un lado a otro zarandeándonos a todos menos a Caronte. Calavera no dejaba de rechinar y castañear los dientes de manera intermitente y desesperante. En cualquier otra situación su estado me hubiera hecho gracia, pero estaba claro que no era el caso. A mi lado Colette no parecía estar mucho mejor, así que decidí agarrarla para evitar que se golpease con las sacudidas, y de paso infundirle un poco de seguridad para enfrentarse a lo que nos esperaba en el interior de la bruma. Hasta Caronte estaba demasiado serio, más de lo que yo mismo necesitaba ver en aquellos momentos. Pequeñas gotas de sudor frío empezaron a deslizarse por todo mi cuerpo, lo que me provocó un escalofrío que recorrió todo la espalda.
-El bien y el mal –comenzó a explicar Caronte-, aún siendo términos abstractos, son comprendidos de forma innata por cualquier ser racional. No importa el castigo que os espere al otro lado de este río por vuestros pecados, pues nadie os juzgará tan duramente como lo haréis vosotros mismos.
-¿Me estás diciendo que un asesino sin remordimientos se castiga más duramente que lo que le depara el propio Infierno? –Repliqué con un ligero toque de sarcasmo bravucón.
-En nuestro interior todos somos un abismo tan negro y profundo como la noche. No importa cuanto ocultemos nuestras malas acciones, pues al final, somos nosotros los auténticos jueces y verdugos de cada uno de nuestros pecados.
-Bonito discurso, pero eso es una sarta de estupideces –mi cuerpo comenzaba a entrar en calor-. Si alguien fuera consciente en todo momento de su maldad y del daño real que puede causar a otros, y el posterior sufrimiento de estos, no podría hacer nada fuera de lo considerado ético o correcto.
-Para los hombres es fácil actuar de forma cruel y despiadada. Fuisteis bendecidos con el don de libre albedrío, y como seres cobardes y egoístas que sois, una vez frente al abismo huís y miráis hacia otro lado fingiendo que no ha ocurrido nada. U os engañáis fingiendo que vuestros actos no tendrán consecuencias, como si fuerais niños pequeños intentando ocultar un acto premeditado alegando desconocimiento y miedo. Pero como siempre, estáis equivocados. Esas brumas están colocadas aquí para que miréis fijamente al abismo que hay en vuestro interior, hasta que este os devuelva la mirada y sufráis por cada uno de vuestros pecados. Hasta por el más insignificante de ellos.
No me imaginaba hasta que punto serían ciertas sus palabras. ¿Qué era realmente un pecado? Yo jamás me he confesado ante ningún dios o persona por ninguna de mis acciones. He perdido perdón, o pensado que no actué adecuadamente, pero ¿sería eso suficiente? ¡Maldita sea! Cada vez tenía más calor. Provenía de dentro de mí. Podía notar como me comenzaba a hervir la sangre. Aquel líquido rojo y corrosivo se movía por mis venas, mis piernas y brazos; entre los dedos, debajo de las uñas, por mi cuello, en la cara, en la boca, detrás de mi único ojo aun sano. Era una sensación horrible que cada vez iba a más. Deseaba arrancarme la piel a tiras y sacar de algún modo aquel ardor de mi interior. Pero el dolor era tal que tensaba hasta el último de mis músculos, provocando que mis articulaciones estuvieran tan rígidas que me imposibilitaban cualquier movimiento. Pero yo no era el único que lo estaba pasando mal. Calavera parecía estar a punto de reventarse los dientes cada vez que abría y cerraba la boca, y la pobre Colette debía sentir algo muy similar a mi dolor, pues estaba encogida en posición fetal sobre su vientre.
De improviso la barca dejó de zarandearse, y todo a nuestro alrededor fue engullido por la calma.
-Espero que estéis preparados –Caronte miraba al frente ignorando nustro sufrimiento-. Entramos en las brumas muchacho.
Yo estaba de espaldas a estas, mirando a Caronte, cuando note su frío gélido, no solo pasando a mí lado y sobre mí, sino también a través de mi cuerpo. Notar como te traspasa de lado a lado una espada de hielo en forma de niebla mientras te hierve hasta la última gota de sangre es una sensación que espero muy poco tengáis la desgracia de padecer. El agua de nuestro alrededor comenzó a brillar, iluminando de un tono carmesí toda la bruma que nos rodeaba. Ya no sentía que navegaba sobre el Aqueronte, pues aquel grotesco efecto de iluminación había conseguido hacerme sentir dentro del propio río. Sin esperarlo, mi vista comenzó a oscurecerse a un ritmo alarmante. Apenas podía ver nada cuando Calavera comenzó a gritar, y tras él Colette. Instantes antes de quedarme completamente a oscuras pude oír como Caronte soltaba el remo, o eso me pareció, ya que no podía apreciar amas que sombras. Y fue entonces, cuando ya no podía ver ni escuchar nada aparte de sus gritos, que decidí hacer lo único que realmente necesitaba: gritar de agonía y desesperación. Y cuanto más alto y fuerte gritaba, más perdía el contacto con la realidad que me rodeaba, hasta que finalmente deje de escuchar mi propia voz.
Me vi transportado lejos de allí, pero a la vez me sentía en un lugar muy cercano y familiar. Estaba de pie, volvía a poder mantenerme erguido, y aunque no lo había comprobado sabía que mi ojo izquierdo estaba en perfecto estado. Todo estaba muy oscuro, pero había cierta penumbra que permitía ver, con un poco de esfuerzo, lo que se encontraba más próximo. De la nada, como por arte de magia, surgió ante mí un abismo del que no podía apartar la mirada, que en contra de mi voluntad absorbió toda mi atención. Deseaba más que nada huir de allí, esconderme en cualquier sitio, arrojarme, si era preciso, al Aqueronte y nadar lo más lejos posible. Pero me era imposible. Sabía que aquello era de lo que nos había prevenido Caronte y que estaba frente al abismo que se encontraba en mi interior.
No sentía ningún dolor físico ni oía nada que no fuera mi entrecortada respiración. Estaba solo. Ni Caronte, ni Colette estaban allí, ni siquiera Calavera estaba enganchado a mi cintura. Estaba completamente solo, y cada segundo que transcurría se extendía hasta el infinito, aumentando la sensación de soledad y miedo descontrolado que me sobrecogía. Sabía que en cualquier instante saldría de lo más profundo del abismo lo que más temía, y que tendría que enfrentarme a ello. No podría deciros qué esperaba exactamente, ni a que se debía aquella sensación de miedo tan absurda. Pero allí estaba ese miedo irracional a lo desconocido. Y de pronto lo vi, o por lo menos creí ver algo en el fondo. Primero fue eso, una sensación más que algo en concreto. Luego una forma borrosa más que algo definido. Después unas pequeñas luces blancas, como un par de ojos. Y al final un rostro. Un rostro que al instante identifique y me provocó asco, miedo, desesperación, y del que tenía que huir. Un rostro que había sido tocado por el mal y que se aproximaba más y más a mí. Un rostro, que hacía me hacía ceder ante su llamada, obligándome incluso a caerme de rodillas y apoyarme sobre mis manos, postrándome al borde del abismo. Tuve que resistir con todo mí ser para no ser engullido por la llamada del abismo. Tenía la cabeza en el mismo borde, cada vez más cerca de su interior y de aquella cara que ascendía en mi busca.
-¡Vasta! –Supliqué cuando la tuve enfrente-. Por favor…por favor.
Esa asquerosa cara cerca de mí, ese aliento pútrido insoportable, esos ojos perdidos que intentaban penetrar hasta lo más profundo de mí ser. No podía soportarlo más, mirar mi propio rostro salir del abismo en mi busca provocó en mi el mayor ataque de pánico que soy capaz de recordar.
Os parecerá una tontería pensar que mi propia imagen, mi propia cara, pudiera causarme tanto miedo, pero es otra de las tantas cosas del Infierno que no se pueden explicar con simples palabras, es necesario vivirlas. Lo irónico, es que para ello tendríais antes que morir y estar condenados al castigo eterno, pero continuemos.
Aún sabiendo que la persona que tenía delante era yo devolviéndome la mirada desde el interior del abismo, no podía evitar el asco y la repulsión que sentía. Pues sabía, sin duda alguna, que desde lo más profundo de aquella oscuridad solo podría traerme un regalo; el mal.
Y el mal extendió su fría mano y tocó mi tembloroso rostro en una fingida caricia, desatando en mi mente un desfile de recuerdos, muy similares a los que describen los que han estado al borde de la muerte. Pero en mi caso, no recopilaban los más bellos y hermosos momentos de mí vida, sino todos y cada uno de mí pecados, desde el más insignificante al más ruin y cruel. Con cada recuerdo llegaba una empalagosa y pegajosa sensación de fracaso y decepción, aderezada con un latigazo de dolor. Muchos de aquellos recuerdos los había olvidado hace tiempo, como si no hubieran pasado nunca o perteneciesen a otra persona. Otros, en cambio, los recordaba con claridad, pero aún así pensaba que no debía ser castigado de manera tan cruel. Y otros muchos los había intentado olvidar en lo más profundo de mi negro corazón. ¿Cómo había sido capaz de aquellas acciones? ¿Acaso no era consciente de lo que hacía? ¿Por qué sonreía en muchas? ¿Cómo pude causar tanto dolor? Mi mente no dejaba de ser bombardeada por aquellos recuerdos, nublándola e impidiéndome casi cualquier otro pensamiento que no fuera el castigo. Estaba al borde de la locura. Era como un mal viaje al ingerir una droga de diseño experimental. Deseaba castigarme por todas aquellas acciones. Merecía el peor de todos ellos, una tortura digna de
Y con esta extraña forma de auto expiación conseguí detener el flujo de imágenes que asaltaban mi atormentada mente. Abrí los ojos, pues del terror había terminado por cerrarlos, y miré el rostro que tenía ante mí. Le devolví la mirada sin temor alguno, porque ¿cómo podría tener miedo de aquello que he aceptado como una parte más de mi ser? Con cierta dificultad me erguí, viendo como mi yo más oscuro descendía a las profundidades de las que había salido. El miedo y el dolor se disipaban del mismo modo que aquel ser en el abismo. Volví a cerrar los ojos e hinché con fuerza los pulmones. Sentí como me invadía la calma, y volví a abrir los ojos lentamente, para comprobar que estaba otra vez en la barca de Caronte. Lo había conseguido, estaba de vuelta, y la sensación de triunfo me embriagaba. Tal era mi euforia, que no me percate hasta pasado un rato de los llantos de Colette a mi lado. Cuando al fin reaccioné, la agarré por los hombros para intentar calmarla y explicarle el modo de superar aquella horrible tortura. Pero fue inútil. Cuando notó mis manos sobre ella, las apartó con brusquedad y se alejó de mí.
-¡No me toques! -Gritó-. ¡Soy un monstruo!
-No, no lo eres –le respondí-. Hicieras lo que hicieras este no es el momento ni el lugar para un castigo. Tienes que aceptar tus acciones, tanto las buenas como las malas. Has de escucharme Colette.
-Yo los maté. Ellos eran mis padres, y yo los maté.
Tenía que conseguir calmarla.
-Tú también moriste por esa acción.
-No es lo mismo. Nunca fue mi intención morir. Soy un monstruo, un ser despreciable –decía mientras se alejaba en dirección a Caronte, el cual remaba ignorándonos, desempeñando su labor del barquero infatigable de los infiernos.
-Eras solo una niña, la gente comete errores, es nuestra única manera de aprender. Acéptalos y sigue adelante, sean cuales sean las consecuencias. Es el único modo.
-¿Eso es lo que has hecho tú? –Preguntó con su fría voz de infante.
-Sí. Y es lo que tú has de hacer también.
-¿Cuál es el más horrible de tus pecados? ¿Un pequeño hurto, o acaso has golpeado a alguien que no se lo merecía? –Colette se puso en pie- ¿Has matado alguna vez a alguien? ¿Has matado a tus padres? ¿Sabes como me siento? ¿Puedes si acaso imaginarlo?
No sabía que responder ante aquello. Quizás un, tranquila, solo los quemaste vivos, pelillos a la mar, seguro que te perdonan, hubiera sido inapropiado. Es más, que en aquel instante solo pasase por mi mente aquello no decía mucho a mi favor. Pero no sabía que decir para calmarla. Por lo que solo me salió una frase de consuelo típica y absurda.
-Seguro que hay una solución Colette.
-Yo ya se cual es la solución -y sin decir nada más se apoyó en el borde de la barca y se arrojó al río.
-¡No! –Grité.
Con esfuerzo me lancé de bruces contra el suelo y me arrastré lo más rápido que pude al lugar por donde se había arrojado Colette.
-¡Detén la barca! –Ordené a Caronte. Pero el la ignoró-. He dicho que pares de remar viejo.
Caronte bajó la mirada. Pensé que se abalanzaría sobre mí y me arrojaría al río junto a la niña. Para mi consuelo no lo hizo.
-La niña ha tomado su decisión. Deberías respetarla.
Sin prestarle atención me asomé por el borde de la barca. A poca distancia pude ver el cuerpo de Colette flotando boca abajo. Parecía inconsciente. Intenté agarrarla, pero aunque cerca, estaba fuera de mi alcancé. Me estiré todo lo que pude hasta que empecé a rozar con la punta de los dedos un extremo de su traje. Cerca de Colette empezó a burbujear la roja agua.
-Los peces diablo reclaman lo que es suyo. Estamos perdiendo un valioso tiempo. Deberíamos continuar y…
-No, ella no –gimoteé mientras me estiraba lo más posible.
El agua burbujeaba cada vez más cerca del cuerpo de la niña. Por fin conseguí agarrar un trozo del traje con firmeza. Podría sacarla antes de que nada malo le pasase, o eso pensé. Su pequeño cuerpo comenzó a hundirse lentamente en aquel río de sangre. Su peso me arrastraba con ella, haciéndome salir aun más de la barca, y dificultándome aun más mi tarea de rescate. Si al final caía con ella al río, ambos estaríamos perdidos. En el estado en el que me encontraba me sería imposible nadar y sacarla a tiempo.
-Por favor Colette –suplicaba al aire.
Las burbujas estaban ya muy cerca de Colette. Podía ver la silueta de aquellas horribles bestias tanteando su pequeño cuerpo. Tenía que evitar que le hicieran daño, por lo que haciendo gala de una fuerza casi hercúlea tiré de ella hacia mí. Podía notar la tensión en mis enmohecidos músculos. Mientras con una mano tiraba de su vestido para sacarla a la superficie con la otra me aferraba al borde de la barca sujetándonos a ambos. Su pequeño cuerpo por fin emergió a la superficie. Con rapidez pasé mi mano por debajo de sus brazos y la icé hasta el interior de la barca. Justo en el instante en que sacaba su pequeño cuerpo del agua uno de aquellos peces saltó sobre la superficie y chasqueó sus dientes, afilados como cuchillos, en el aire. Dejé su cuerpo aún inconsciente sobre la barca y busqué de manera acelerada cualquier posible herida provocada por aquellos voraces seres.
-Colette, despierta por favor –supliqué mientras la zarandeaba-. No me dejes ahora pequeña.
Movía su cuerpo de un lado a otro como un pelele. De repente tosió. Otra vez más. Se soltó para ponerse de lado y regurgitar de su interior aquella maloliente agua tintada de sangre. Yo no podía moverme, estaba exhausto por el esfuerzo. Apoyé la espalda para poder sentarme mientras se terminaba de recuperar. Cuando parecía más tranquila, aunque con la respiración aun entrecortada y tosiendo, la agarré por los hombros con la intensión de traerla hacia mí y abrazarla.
-¡Joder! –Grité al ver mi mano izquierda.
Mientras sacaba su cuerpo del río, alguno de aquellos peces debió atacarme, pues me faltaba media mano, a decir verdad habían desaparecido por completo el anular y el meñique, y en su lugar había una herida sangrante. Colette debió malinterpretar mi grito, pues se había encogido y se protegía con los brazos la cabeza. Quizás algún acto reflejo a unos abusos casi seguros por parte de sus padres, Cadena o cualquier otro adulto. Aquel gesto de miedo, mezclado con la alegría de que ella estuviera viva hizo que se me encogiese el corazón, olvidando por completo la nueva herida, por lo que la volví a agarrar por los hombres y la abracé con fuerza.
-No vuelvas a hacer eso –le dije-. Me has dado un susto de muerte.
-Tu ya estas muerto, tonto –intentó bromear ella.
-No eres ningún monstruo –le susurré-. No lo eres, me escuchas. Solo eres una niña, nada más.
Las palabras quizás no fueran las más acertadas, pero empezó a llorar y pedir perdón entre mis brazos. Como la vez anterior en la que había llorado sobre mí, fuimos interrumpidos de manera brusca y sin previo aviso.
-Dais asco –era la cortante voz de Calavera-. Parecéis un cuadro familiar. Yo lo titularía el mutilado y la diabólica niña ciega.
Aunque grotesco, el título era de lo más apropiado. Yo realmente parecía un mutilado de guerra, y Colette estaba cubierta de arriba a abajo del roja agua del Aqueronte.
-¡Oh! Y por cierto, tranquilos, pude salir del abismo sin problemas. Estoy bien, no hace falte tanta atención sobre mi humilde persona –la ironía era evidente en cada palabra que pronunciaba-. Aunque para seros sincero fue más divertido de lo que imaginaba.
No sabía si hablaba en serio o bromeaba. Algo en mi interior me decía que para él, estar frente al abismo y enfrentarse a sus, seguro innumerables pecados, no había sido ni comparable a la traumática experiencia que tanto yo como Colette habíamos vivido. Es más, hasta hubiera podido afirmar que, como el decía, se había divertido con la experiencia. Colette me ayudo a colocarme otra vez al fondo de la barca. Una vez recostado, y sin decirle nada a ella para que no se sintiera culpable, miré la herida de mi mano. El guante que llevaba se había cerrado el solo, de tal forma que parecía que jamás hubiera tenido los dedos que ahora me faltaban, y dando la impresión de que el guante había sido diseñado a posta con esa forma. Aun así notaba el ardor dentro del guante, pero una vez más el traje que llevaba, el verdugo de almas, parecía intentar protegerme y arreglar cualquier desperfecto sobre mi cada vez más herido cuerpo.
-A este paso acabarás en peor estado que yo paleto.
-No recuerdo haber pedido tu opinión Calavera.
-Y no lo has hecho, pero recuerda que ella es solo una niña y yo una calavera. Si sigues por ese camino acabaremos los tres perdidos a nuestra suerte en alguna parte.
Aunque Calavera era bastante enervante, tenía razón. Si no comenzaba a tener más cuidado con mi cuerpo, terminaría provocando la brusca y repentina culminación de nuestro viaje. Colette no había dicho nada. Suponía que se sentía culpable con las palabras de Calavera.
-No me arrepiento de nada de lo que ha pasado hasta ahora, y repetiría otra vez cada una de las cosas que he hecho. Además, Colette se encarga de protegerme, ¿no es cierto Colette?
Pero Colette se debía sentir aún mal y no dijo nada.
El resto del viaje fue muy silencioso. Todos estábamos cansados y ni siquiera Caronte parecía querer mantener conversación con Calavera o cualquier otro. Recuerdo haberme quedado dormido y despertar pasado un tiempo, el cual no sabría calcular, con la pequeña Colette acurrucada sobre mí.
-Ya estamos llegando –dijo Caronte con sequedad-. Parece que al final habéis conseguido llegar todos al otro lado del Aqueronte.
Sobre mi cabeza veía pasar cada cierto tiempo un haz de luz, como si proviniese de un gran foco.
-¿Qué es esa luz viejo?
-Esa es la luz del faro –respondió el barquero.
-Así que hasta tú necesitas de una luz para guiarte.
-El faro de la desesperación guía a las almas perdidas muchachito, y yo no tengo ese problema.
-¿Es allí a donde nos llevas?
-Yo solo os he de llevar a la orilla e indicaros el camino. Lo que hagáis después es asunto vuestro. Mi trabajo acaba donde acaba el río.
-Comprendo.
Colette se movió para buscar una posición más cómoda sobre mí y seguir durmiendo. Yo acaricié su pelo, teñido ahora de rojo a causa de la sangre del río. Deseaba verla algo más alegre, sonreír, como cuando corríamos por la ciudad de Los Lamentos entre la multitud. ¿Podría conseguirlo otra vez? Estaba seguro de ello. Con cada movimiento de la barca nos acercábamos más y más a la costa.
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